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Episodio 19 — Tolkien: La vida heroica del profesor

 Inéditos e Inconclusos, Temporada 3, Episodio 1


Descripción del episodio

Hay vidas que parecen diseñadas para la leyenda desde su primer capítulo, y la de John Ronald Reuel Tolkien es una de ellas. Huérfano a los doce años, soldado en el Somme, profesor excéntrico en Oxford, padre de familia de clase media que pasaba las noches inventando idiomas y cosmogonías: Tolkien es, en muchos sentidos, tan novelesco como los mundos que creó. En este primer episodio de la tercera temporada de Inédito e Inconcluso, nos adentramos en la vida, la obra y el impacto cultural de uno de los escritores más influyentes del siglo XX. Nuestra guía principal es la biografía canónica escrita por Humphrey Carpenter en 1977, publicada en español por Minotauro en 1990, el texto de referencia indispensable para cualquiera que quiera entender al hombre detrás del mito.



Los primeros años: raíces en el sur y tierra en el norte

La historia comienza lejos de Inglaterra. El 3 de enero de 1892, en Bloemfontein, Sudáfrica, nace John Ronald Reuel Tolkien. Su padre, Arthur Reuel Tolkien —nacido en 1857 y fallecido apenas cuatro años después de que su hijo llegara al mundo—, trabajaba en la banca y había llevado a su familia a ese rincón del Imperio Británico por razones laborales. Cuando Ronald tenía apenas tres años, su madre Mabel, née Suffield, decide regresar a Inglaterra con él y su hermano Hilary. Arthur queda en Sudáfrica con la promesa de reunirse pronto con la familia, pero muere de fiebre reumática en 1896 antes de poder hacerlo. Tolkien nunca conoció realmente a su padre.


Mabel Tolkien se convierte entonces en el centro del universo de sus hijos. Mujer de una inteligencia poco común para las expectativas de su época, se convierte en la primera maestra de Ronald: le enseña latín, botánica, dibujo, y despierta en él una fascinación precoz por las palabras en lenguas extranjeras. Hay en las notas del episodio un detalle memorable: el joven Tolkien queda hipnotizado por los nombres de destino en los vagones de carbón galeses que ve pasar cerca de Birmingham. Esas palabras extrañas —con su música oscura, sus consonantes amontonadas, su ritmo arcaico— serán la semilla de toda una vida dedicada a la lingüística y a la invención de idiomas.


El paisaje de Birmingham y sus alrededores también deja una marca permanente en el escritor. Los bosques, los paseos con su hermano Hilary, la naturaleza como espacio de asombro y descubrimiento: todo eso se sedimentará décadas después en la Comarca, en el Bosque Viejo, en los vastos espacios silvestres de la Tierra Media.


En 1900, Mabel toma una decisión que resultará determinante para el futuro de su hijo: se convierte al catolicismo. La conversión le cierra puertas económicas —la familia Suffield le retira el apoyo financiero— pero le abre otras. A través del Oratorio de Birmingham, la familia entra en contacto con el Padre Francis Xavier Morgan, un sacerdote de origen galo-hispano que se convertirá en tutor, protector y figura paterna de los dos huérfanos tras la muerte de Mabel en noviembre de 1904. Ella tenía apenas 34 años. Ronald, doce.



Juventud: amigos, idiomas y un amor prohibido

La pérdida de la madre convierte al catolicismo en algo más que una herencia religiosa: se vuelve el núcleo de la identidad de Tolkien, el horizonte desde el que interpreta el mundo, el sufrimiento y la belleza. El Padre Francis cuida de los hermanos con genuino afecto, los aloja con diversas familias en Birmingham y supervisa su educación.


En la pensión de la señora Faulkner, el joven Tolkien conoce a Edith Bratt, una pianista de diecinueve años huérfana como él, alegre y musical. La atracción es inmediata y recíproca. Pero el Padre Francis, preocupado por las distracciones que esa relación puede representar para los estudios de Ronald —y por la diferencia de edad y de religión—, le prohíbe cualquier contacto con Edith hasta que cumpla veintiún años. Edith es enviada a Cheltenham en marzo de 1910. Tolkien obedece. Durante casi tres años no se ven ni se escriben. Es un sacrificio que moldea su carácter y que, simbólicamente, anticipa muchas de las historias de amor aplazado y fiel que poblaran sus libros.


En los años del colegio y la preparación para Oxford, Tolkien encuentra también a sus primeros amigos verdaderos. El TCBS —Tea Club and Barrovian Society— es un grupo de cuatro compañeros del King Edward's School que comparten lecturas, discusiones y un sentido de misión compartida. Christopher Wiseman será el amigo de toda la vida, tan importante que Tolkien le pondrá su nombre a uno de sus hijos. Robert Gilson y Geoffrey Bache Smith morirán en la Gran Guerra. Esa pérdida marcará a Tolkien con una tristeza que jamás abandonará del todo.


Oxford llega primero con estudios clásicos y luego, decisivamente, con un giro hacia la filología y la lengua inglesa. Tolkien descubre el noruego antiguo, el islandés medieval, el anglosajón. Se enamora del Beowulf, del Sir Gawain y el Caballero Verde, de las Eddas. Comprende que Inglaterra carece de una mitología propia comparable a la de los pueblos nórdicos o griegos, y esa carencia se convierte en su proyecto de vida.


Al cumplir veintiún años, en enero de 1913, Tolkien escribe a Edith. Ella ya está comprometida con otro hombre, pero al encontrarse de nuevo, la llama vuelve a encenderse. Se comprometen. Ella se convierte al catolicismo —con las fricciones familiares previsibles— y esperan. La guerra se interpone.



La Gran Guerra, el matrimonio y los primeros mitos

En 1916, Tolkien se casa con Edith Bratt y parte casi de inmediato hacia Francia. Sirve como oficial de señales en la Batalla del Somme, uno de los episodios más mortíferos de la historia militar moderna. Allí mueren sus amigos Gilson y Smith. Tolkien contrae la fiebre de las trincheras en octubre de 1916 y es evacuado de vuelta a Inglaterra. La enfermedad se prolonga, lo que equivale a decir que la guerra lo salva: pasa el resto del conflicto en hospitales y en puestos de retaguardia.


En esos meses de convalecencia, en 1917, comienza a escribir El libro de los cuentos perdidos. Es el embrión de lo que, décadas después, se publicará como El Silmarillion. No es evasión: es elaboración. Tolkien está procesando la pérdida, la belleza del mundo amenazada por fuerzas destructoras, la heroicidad de los que caen sin que nadie recuerde sus nombres. Está construyendo el andamiaje mítico que necesitaba Inglaterra.



Leeds, la familia, los Inklings

Terminada la guerra, Tolkien consigue un puesto en la Universidad de Leeds, donde trabaja junto al filólogo E. V. Gordon. En 1925 publican juntos una edición crítica y anotada de Sir Gawain y el Caballero Verde, que se convertirá en una obra de referencia académica. Leeds no es Oxford —Edith lo vive con alivio, porque la atmósfera social de Oxford, con su elitismo y su masculinidad clausurada, la hace sentir excluida—, pero es un hogar funcional y afectuoso. Allí nacen John en 1917, Michael en 1920 y Christopher en 1924.


En 1925, Tolkien regresa a Oxford como profesor de anglosajón en el Pembroke College. Es su lugar natural, el escenario de su vida adulta. La familia crece con el nacimiento de Priscilla en 1929. Se instalan en Northmoor Road, en una casa de clase media suburbana que Tolkien llena de libros, de manuscritos y de mapas de tierras que aún no existen en papel pero que ya existen con toda claridad en su cabeza.


La vida académica de Oxford trae consigo las amistades que definirán su trayectoria intelectual. A través de los Coalbiters —un grupo de lectura de sagas islandesas que él mismo funda— conoce a C. S. Lewis, el autor de las Crónicas de Narnia. La amistad entre ambos es uno de los grandes capítulos de la historia literaria del siglo XX: se leen mutuamente los manuscritos, se discuten las ideas, se sostienen mutuamente en los momentos de duda. Tolkien influye en la conversión al cristianismo de Lewis; Lewis empuja a Tolkien a terminar y publicar El señor de los anillos cuando el escritor duda.


El círculo se amplía en los Inklings, el grupo informal de escritores e intelectuales que se reúnen regularmente en el pub Eagle and Child —apodado The Bird and Baby— para leer en voz alta sus obras en progreso y discutirlas. No es una escuela literaria en sentido estricto, sino algo más valioso: una comunidad de lectura honesta, donde los textos se someten al juicio directo de amigos inteligentes y exigentes.



El Hobbit, El Señor de los Anillos y el peso de la creación

La tradición dice que alrededor de 1930, mientras corregía exámenes de estudiantes, Tolkien encuentra una hoja en blanco en medio de un montón de formularios y escribe: "In a hole in the ground there lived a hobbit." La frase le surge sin premeditación, pero contiene ya un mundo. Empieza entonces a construir ese mundo para sus hijos, inventando una historia de aventuras que parte de la misma base mitológica que ya llevaba años elaborando en privado.


El Hobbit se publica en 1937 por Allen & Unwin y es un éxito inmediato. El editor pide una continuación. Lo que Tolkien concibe inicialmente como una segunda parte del mismo libro se transforma, con los años, en algo completamente diferente: una épica de proporciones míticas que integra toda la mitología de la Tierra Media, sus lenguas inventadas, su historia, su cosmología y su teología implícita. Escrita entre 1937 y 1949, El Señor de los Anillos se publica en dos volúmenes en 1954 y 1955. Tiene entonces sesenta y dos años.


El proceso de escritura es tortuoso. Tolkien se interrumpe, revisa, cambia de dirección, se pierde en los detalles de las genealogías élficas o en la etimología de un topónimo. Lewis lo apremia. El mundo lo interrumpe: la Segunda Guerra Mundial, las clases, los exámenes que revisar en otras instituciones para complementar un salario que nunca es suficiente para mantener a una familia de seis personas con el nivel de comodidad que Edith merece. Tolkien es un hombre atrapado entre dos vocaciones —el profesor y el mitógrafo— y las exigencias de ambas son absolutas.



Lenguaje, subcreación y mitología para Inglaterra

El episodio dedica también espacio a los grandes temas intelectuales que subyacen a la obra de Tolkien. El lenguaje es el primero y el más fundamental. Para Tolkien, las lenguas no son instrumentos neutros de comunicación: son organismos vivos que contienen en su estructura, en su fonología, en su historia etimológica, toda la experiencia espiritual de un pueblo. Cuando inventa el élfico —en realidad, dos lenguas élficas distintas, el Quenya y el Sindarin, con sus gramáticas y sus historias— no está haciendo un juego intelectual: está dando forma a la belleza que percibe en el mundo.


Esta sensibilidad lingüística se conecta directamente con su concepto de subcreación. Para Tolkien, la creación artística de mundos imaginarios no es una fuga de la realidad, sino una participación en el acto creador de Dios. El artista subcrea: imita, a su escala humana y limitada, la capacidad creadora divina. Esta idea, expuesta filosóficamente en su ensayo Sobre los cuentos de hadas y encarnada narrativamente en el Ainulindalë —el relato cosmogónico del Silmarillion donde el mundo nace de una música que el Mal distorsiona pero no puede destruir—, es el núcleo teológico de todo su universo.


Y luego está el proyecto de crear una mitología para Inglaterra. Tolkien sentía que su país carecía del tipo de mitología nativa que tenían Finlandia —cuyo Kalevala lo fascinaba— o Escandinavia. El anglosajón había llegado hasta él fragmentado, con el Beowulf como gran pieza sobreviviente de un corpus arrasado. Su ambición era reconstruir, o más exactamente inventar, el cuerpo mítico que Inglaterra pudo haber tenido. La Tierra Media no es un mundo fantástico en el sentido moderno del término: es nuestro mundo en una era remota y olvidada, el pasado mítico de Europa septentrional.



El éxito, la vejez y la muerte

La publicación de El Señor de los Anillos transforma la vida de Tolkien de manera que no había anticipado ni pedido. El libro tarda en encontrar su público masivo, pero cuando lo encuentra —sobre todo en los años sesenta, cuando los universitarios norteamericanos lo adoptan como texto contracultural— el impacto es abrumador. Los hippies lo leen como utopía ecológica. Los nacionalistas de diverso signo lo leerán como exaltación de la pureza racial y cultural. La obra sobrevive y trasciende todas las lecturas, aunque no sin cicatrices.


Tolkien se retira en 1959, a los sesenta y siete años. En 1968 se traslada con Edith a Bournemouth, una ciudad costera donde llevan una vida tranquila y socialmente más cómoda que en Oxford. Edith, que durante décadas se había sentido postergada por la vida académica y las amistades masculinas de su marido, florece en ese nuevo ambiente. Pero el tiempo no tiene piedad: Edith muere en noviembre de 1971, a los ochenta y dos años. En la lápida que Tolkien le pone, escribe: Lúthien. Porque así la había visto siempre: como la mortal que eligió amar a un ser de otro mundo y pagó el precio de esa elección con su propia inmortalidad.


Tolkien regresa a Oxford, solo. Recibe un Doctorado Honoris Causa en 1972, el reconocimiento oficial de una universidad que le debe más de lo que jamás reconocerá en vida. Muere el 2 de septiembre de 1973 en Bournemouth, a los ochenta y un años. En su lápida, junto al nombre de Edith, se escribe: Beren.



La herencia de Christopher y el impacto cultural

El episodio no olvida la deuda que los lectores tienen con Christopher Tolkien, el tercer hijo y el más profundamente implicado en el universo de su padre. Durante décadas, Christopher dedica su vida a editar, organizar y publicar los inmensos archivos que Tolkien dejó incompletos: El Silmarillion (1977), Unfinished Tales (1980), y la monumental serie de doce volúmenes The History of Middle-earth, entre muchos otros. Sin Christopher, la mayor parte de la mitología tolkeniana permanecería inédita o accesible solo para especialistas.


En cuanto al impacto cultural, el episodio abre un espacio de reflexión necesario y a veces incómodo. La obra de Tolkien ha generado uno de los fenómenos de fandom más extensos y longevos de la historia literaria, pero también ha sido apropiada —y distorsionada— por grupos muy distintos entre sí. Desde los movimientos contraculturales de los años sesenta, que encontraron en la Comarca un modelo de vida comunitaria y antiindustrial, hasta sectores de la derecha identitaria, que han leído en los elfos y los hombres una alegoría de la pureza racial europea. El propio Tolkien rechazó explícitamente las interpretaciones alegóricas de su obra y expresó su repugnancia por el nazismo, pero eso no ha impedido que su imaginario sea instrumentalizado.


La conexión con el catolicismo y el conservatismo es real pero matizada. Tolkien era un hombre profundamente tradicional en sus costumbres, desconfiado de la modernidad industrial y tecnológica, fiel a una visión jerárquica y sacramental del mundo. Pero su conservatismo era más medievalista que político: lo que amaba era el mundo antes de las fábricas, la naturaleza no domesticada, la artesanía lenta y el latín de la misa. Ese mundo tenía poco que ver con cualquier programa político del siglo XX.



Las obras: un universo en capas

El episodio también hace un recorrido por las obras principales. El Hobbit es la puerta de entrada: más ligera en tono, más cercana al cuento de hadas clásico, diseñada originalmente para niños pero capaz de sostener lecturas adultas sin dificultad. Presenta por primera vez la Tierra Media —aunque sin ese nombre— y establece los elementos que luego se ampliarán: los hobbits, los enanos, el dragón, el anillo que encontramos casi de pasada al final y que desencadenará todo lo que viene después.


El Señor de los Anillos es otra cosa enteramente. No es una novela de aventuras con tintes épicos: es una obra épica en el sentido antiguo del término, con toda la complejidad moral y la profundidad teológica que eso implica. La lucha contra Saurón no es simplemente la lucha del bien contra el mal: es la historia de cómo el poder corrompe incluso a los más puros, de cómo la victoria puede conseguirse solo a través de la renuncia, de cómo lo pequeño —los hobbits, los seres más humildes de la Tierra Media— resulta ser lo más resistente a la tentación. La melancolía que recorre el libro —la sensación de que incluso la victoria tiene un precio, de que algo hermoso se pierde para siempre con el fin de la Tercera Edad— es inseparable de la visión católica de la historia como decadencia desde la perfección original.


El Silmarillion es el libro más difícil y el más ambicioso. Escrito a lo largo de décadas sin llegar nunca a una forma definitiva, publicado póstumamente por Christopher con el apoyo del escritor Guy Gavriel Kay, es la cosmogonía y la mitología completa de la Tierra Media. Comienza con la creación del mundo mediante la música de los Ainur y recorre las edades primordiales: la rebelión de Morgoth, la dispersión de los elfos, las guerras de los Silmarils. Es un texto que exige paciencia pero recompensa con creces al lector que se entrega a él.



Para leer más

Si este episodio despierta el interés por explorar más a fondo la vida y el pensamiento de Tolkien, las dos referencias bibliográficas esenciales son la ya mencionada biografía de Humphrey Carpenter (1977), sólida, empática y documentada con acceso a los archivos personales del escritor; y el libro de Joseph Pearce, Tolkien: Man and Myth (1998), que pone el acento en la dimensión religiosa y filosófica de su obra, con particular atención a la relación entre su catolicismo y su visión del mundo.


Para quien quiera ir directamente a las fuentes, las Cartas de Tolkien —editadas también por Humphrey Carpenter— ofrecen una ventana extraordinaria a su mente: en ellas explica sus intenciones, comenta sus propias obras, discute teología y lingüística, y muestra una personalidad más compleja y a veces más frágil de lo que la figura del Profesor podría sugerir. Hay cartas que responden a lectores comunes, cartas a editores donde negocia cada coma, cartas a sus hijos desde la guerra, cartas donde elabora con precisión filosófica la diferencia entre alegoría —que detestaba— y aplicabilidad —que consideraba el verdadero poder de la fantasía—. Son, en conjunto, un autorretrato involuntario de una mente extraordinaria.


Finalmente, quien quiera entender el fenómeno cultural en su totalidad puede acercarse también a los estudios que rastrean la recepción de la obra: cómo los hippies de Berkeley leían El señor de los anillos en 1965, cómo los juegos de rol de los años setenta y ochenta bebieron de su imaginario, cómo Peter Jackson lo tradujo al lenguaje visual del cine en los años 2000, y cómo Amazon ha intentado —con resultados más discutibles— expandir ese universo en la era del streaming. La Tierra Media no es solo una obra literaria: es ya una parte del paisaje mental de la civilización occidental, con todo lo que eso implica de riqueza, de malentendidos y de disputas por su sentido.




Inédito e Inconcluso es un podcast sobre vidas, libros y las historias que quedan entre medias. Este episodio abre la tercera temporada con una de las figuras más fascinantes del siglo XX: un hombre que vivió una vida ordinaria con una imaginación extraordinaria, y que demostró que la mitología no es solo cosa del pasado.


Créditos:

Conducción: Juan Fernando Mejía Mosquera & Ernesto Priani Saiso

Producción: Ignacio Bazán Estrada

Música original: Daniel Villegas Vélez 

Identidad Visual: Ana Maria Noguera Díaz Granados

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