María Zambrano: la confesión, la soledad y la verdad de la vida
Para abrir la cuarta temporada de Inéditos e Inconclusos, Ernesto Priani y yo quisimos detenernos a pensar en un tema que nos ha acompañado desde el principio: la confesión. Ya le habíamos dedicado episodios a San Agustín y al Confieso que he vivido de Neruda, y siempre quedaba pendiente la misma pregunta: ¿qué diferencia hay entre un relato autobiográfico y una confesión? Propuse como guía un libro breve y extraño de María Zambrano, La confesión: género literario.
Una pensadora en el exilio
(Juan) Le tengo a Zambrano un cariño especial. Pasé la carrera sin saber que existía, y la descubrí hacia 1991, cuando murió en Madrid y llegaron los homenajes y las reediciones. Nació en 1904 y se formó junto a García Morente, Zubiri y Ortega. Su prosa no es diáfana, pero es sonora, y su léxico y su sintaxis exigen un esfuerzo a quienes hablamos el español de América. Tiene además algo que admiro y que no tengo: se permite recurrir a la historia entera de la filosofía para pensar un problema, sin las precauciones del especialista. Ernesto añadió un rasgo importante: su deuda con la filosofía alemana, la tendencia a contar la historia por medio de grandes conceptos abstractos.
El libro apareció en México en 1943, cuando Zambrano vivía en el exilio en el Caribe, en plena guerra mundial y pocos años después de la guerra civil. Se nota el ambiente: el existencialismo, Dostoievski y, sobre todo, una inquietud por la soledad del hombre moderno.
Un título que promete otra cosa
Ernesto lo dijo sin rodeos: el título es engañoso. El libro casi no habla de la confesión como género literario, y la primera edición prometía todavía más, porque se llamaba La confesión: género literario y método. Tuvimos dos lecturas de ese problema. La mía es que la solución de Zambrano es poética, en el sentido aristotélico. Quien confiesa por escrito intenta pasar de la dispersión y el desorden del tiempo vivido a la expresión de una unidad. Cuando lo logra, como Agustín, produce una obra, aunque la verdadera confesión no pretenda ser literatura. Ernesto lo vio de otro modo: para él, lo genérico está en la relación entre la confesión y la novela, porque la confesión viene antes y conduce a ella.
San Agustín y "Juan Jacobo"
Zambrano habla en realidad de dos confesiones. A San Agustín lo cita textualmente y con reverencia. A Rousseau lo llama "Juan Jacobo", como a alguien de nuestro nivel, cercano y tan desorientado como nosotros. Antes de ambos sitúa una "preconfesión", la queja de Job: un reclamo airado a Dios que pide razones pero carece de interioridad. Agustín, en cambio, construye su interioridad y confiesa desde ella.
El hilo de todo el libro es la relación entre vida y verdad. Para los antiguos estaban fundidas: la vida dedicada a la verdad terminaba siendo la vida verdadera. En la modernidad se separan, y la vida se vuelve dispersa, una sucesión de momentos que tiene que buscar su unidad. La idea que más hizo pensar a Ernesto es que Descartes es el primer solitario: el sujeto moderno es un sujeto solo. Frente a él, la confesión de Agustín empieza en la soledad y termina en la comunión.
No sinceridad, sino darse a ver
Ernesto subrayó la afirmación más poderosa del libro: el valor de la confesión no está en la sinceridad. Agustín no confiesa para revelar sus intimidades, sino para ofrecerse a la vista de su comunidad y confesar a Dios ante ella. Por eso puede dedicar páginas al robo de unas peras: no se trata de las peras, sino de la intensidad de lo vivido y del hecho de decirlo ante otros. La confesión es un acto, una realización en el tiempo. Zambrano lo dice en 1943, mucho antes de que Austin hablara de enunciados performativos. Y ese acto culmina en el amor, la caridad y la acción común.
Nosotros, en cambio, solemos creer que la sinceridad es la verdad: que confesar es exponerlo todo. Zambrano responde que eso es narcisismo, el camino de Juan Jacobo. El narcisismo puede producir grandes novelas autobiográficas, pero no busca expresar la vida, sino atraer las miradas.
Biografía, intimidad y verdad
La conversación nos llevó a nuestras propias lecturas, incluidas algunas que vienen esta temporada. Suetonio, archivista maniático, cuenta qué comía Augusto en el camino, porque los romanos no tenían nuestra idea de la intimidad. Zweig convierte las intimidades de María Antonieta en actos políticos. Y la biografía de Foucault escrita por Didier Eribon, que comparamos con la de James Miller, plantea de lleno la pregunta por la unidad de una vida.
Llegamos a una tensión que nos pareció central. Toda biografía tiene que construir una unidad, y a veces esa unidad se consigue a costa de la verdad, omitiendo unas cosas y subrayando otras para que el retrato quede bien. Probamos la idea de Zambrano con libros que ya leímos aquí. Chesterton nos pareció el menos confesional: no se idealiza ni ofrece sus lados oscuros. Las memorias de Vasconcelos, en cambio, pretenden ser sinceras y por eso mismo resultan narcisistas. Las de García Márquez buscan sobre todo el amor de los amigos. Y las Memorias de Adriano de Yourcenar, que son ficción, quizá alcanzan la unidad que una confesión real ya no puede alcanzar, justamente porque son literatura.
Una lectura que obliga a mirar hacia adentro
Zambrano cierra con una constatación casi desesperada: después de Descartes no somos capaces de una confesión como la de Agustín, y sin embargo es lo que más necesitamos. El libro termina con unas páginas sobre los surrealistas que nos desconcertaron, y que quizá señalan los pliegues de la interioridad que Freud haría visibles. A lo largo del texto aparece también Spinoza, el único moderno al que Zambrano no ve como un solitario. Para ella, Spinoza es el que intenta hacer algo con su vida en relación con la verdad, y su reforma del entendimiento es el equivalente moderno de la conversión platónica.
A mí la lectura me obligó a mirar hacia nuestra propia pasión por las biografías. Decimos que queremos aprender de la vida en otras vidas, pero lo que queremos aprender es la vida nuestra, la que vivimos mientras la vivimos. Me tocó también la importancia del exilio en la manera en que Zambrano se definió, un rasgo que comparten muchas de las figuras que hemos leído. Ernesto se quedó con otra pregunta: qué quiere decir, después de Zambrano, llamarnos Inéditos e Inconclusos. Quizá que preferimos la búsqueda a la unidad perfecta. Que la muerte no cierra ni unifica una vida, solo la interrumpe. Y que la verdad no es una sola, sino que adopta formas distintas en vidas distintas.
Fe de erratas
Algunas precisiones sobre datos que se dijeron en la conversación:
- "Asemejarse a la divinidad". La fórmula platónica homoíōsis theôi procede del Teeteto (176b), no del Banquete.
- El ensayo de Iris Murdoch. Su título es "The Sovereignty of Good over Other Concepts", "La soberanía del bien sobre otros conceptos". Fue una conferencia de 1967 en Cambridge y está recogido en The Sovereignty of Good (1970).
- La primera edición. El libro se publicó en México, en la editorial Luminar, en 1943, con el título La confesión: género literario y método. En ese momento Zambrano vivía en Puerto Rico.
- La edición corregida. Zambrano corrigió el texto a mano en 1965. Según la editorial Siruela, su edición de 1995 es la primera que incorpora esas correcciones.
- Los años en España. Zambrano volvió a España en 1984 y murió en Madrid en febrero de 1991. Fueron unos seis años, no diez.
- El libro "sobre Freud". No tenemos noticia de un libro de Zambrano dedicado a Freud. Sus obras más cercanas al tema son las que dedicó a los sueños, como El sueño creador (1965) y Los sueños y el tiempo (póstumo, 1992).
- Spinoza. Spinoza trata las pasiones (los afectos) en la Parte III de la Ética. La "reforma del entendimiento" es el título de otra obra suya, el Tratado de la reforma del entendimiento. Las pasiones del alma, en cambio, es de Descartes.
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