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Episodio 24: Neruda, poeta con pies de barro


En el episodio 24 de Inéditos e inconclusos, Juan Fernando Mejía Mosquera y Ernesto Priani Saisó se enfrentan a un libro que los incomoda: Confieso que he vivido, (1974) las memorias de Pablo Neruda. No es la primera vez que el podcast se topa con un personaje difícil, pero sí es la primera vez que ese malestar se convierte en el motor mismo de la conversación. Los conductores lo dicen sin rodeos desde el principio: aman la poesía de Neruda, pero el hombre que emerge de sus memorias les resulta, con frecuencia, arrogante, clasista y poco generoso con quien lo escucha.

Una reconciliación inesperada

La conversación arranca, sin embargo, por un camino distinto: el reencuentro casual con un texto escolar. Mejía Mosquera recuerda haber memorizado de niño un fragmento del libro —el capítulo llamado "Las palabras", situado hacia el final de la sección dedicada a la infancia— y confiesa que releerlo ahora, ya adulto, le devolvió algo de la reconciliación con una prosa que en un primer momento le costó aceptar. Resulta paradójico, señalan ambos, que a alguien le cueste entrar en la prosa de un hombre cuyo oficio fue precisamente el ritmo de las palabras. Ese fragmento —una suerte de himno a la lengua heredada, a la vez despojo y regalo del proceso colonial— funciona como bisagra: por él, dicen, lograron "engancharse" con un libro que de otro modo se les resistía.


Ese primer tramo, dedicado a la infancia y la juventud en el sur lluvioso de Chile, entre los nombres araucanos y los almacenes sin letreros, es, para los conductores, la parte mejor lograda de todo el libro. Aventuran incluso una hipótesis biográfica: que esas páginas fueron escritas en un momento distinto, con una frescura y una emoción que el resto del texto no vuelve a alcanzar. A partir de la Guerra Civil española, sugieren, la escritura cambia de registro, como si Neruda la hubiera retomado años después, ya con otra distancia respecto de sí mismo y con otra cosa que quería decirse.

Dos problemas de entrada

Antes de internarse en el libro, los conductores se detienen a situar el episodio dentro del mapa que han ido trazando a lo largo de las temporadas del podcast. Inéditos e inconclusos ha ido abriendo, episodio a episodio, distintas "puertas" hacia formas de vida: la de los intelectuales latinoamericanos de gesto viril, la de las mujeres filósofas, la de ciertos personajes de la Inglaterra victoriana y eduardiana, la de los filósofos del siglo XX. Neruda, dicen, encaja sin remedio en la primera de esas categorías: un nuevo espécimen de la intelectualidad macha latinoamericana, línea que el podcast ya venía cultivando.


El segundo problema es de otra naturaleza y más incómodo: a diferencia de casi todos los personajes biografiados hasta ahora, este no les resulta simpático. Aclaran, con humor, que no se trata de "cancelar" a Neruda ni de negar su genio poético, sino de reconocer honestamente una dificultad de perspectiva. Advierten a quien escucha que probablemente llegue esperando una celebración sin matices del poeta amado, y que no va a encontrarla del todo.


A esa dificultad se suma un tercer elemento, casi anecdótico pero revelador del contexto en que se grabó la conversación: la coincidencia entre la lectura del libro y el clima electoral colombiano, con su aluvión de publicidad política y llamados al voto. Los conductores bromean sobre cómo esa atmósfera hizo más visible, mientras leían, la pregunta por el compromiso político de los artistas y por la fidelidad de Neruda al comunismo soviético —incluyendo su relación con Stalin y con la China de la Revolución Cultural—, un tema que de otro modo quizás habría pasado más desapercibido.

¿Memorias, autobiografía o confesión?

El núcleo argumentativo del episodio es, en el fondo, una pregunta de género literario. Los conductores proponen que Confieso que he vivido no debería leerse como una autobiografía ni, en sentido estricto, como unas memorias, sino como lo que el propio título anuncia con más precisión: una sucesión de recuerdos convocados para ser contados, no una reconstrucción fiel de lo ocurrido. Desde el título mismo, Neruda estaría revelando su hipótesis de trabajo: esto no es lo que pasó, es lo que yo recuerdo para contarlo. Esa distancia, dicen, abre la puerta a que buena parte del libro sea, en un sentido literal, trabajo de ficción, del mismo modo —aunque por vías distintas— en que lo es Vivir para contarla de García Márquez.


La comparación con otros escritores latinoamericanos que ya han pasado por el podcast resulta reveladora. Tanto Vasconcelos como García Márquez, señalan los conductores, hacen un esfuerzo explícito por justificar sus decisiones: explican qué los movió a actuar como actuaron, qué emoción los arrebataba, qué renunciaban al elegir un camino y no otro. Neruda, en cambio, no se somete a ese ejercicio. No explica por qué abraza el comunismo. No da cuenta de por qué, cuando ya circulaban las primeras críticas al estalinismo, decide seguir apoyando a la Unión Soviética y distanciarse de quienes empezaban a distanciarse de ella. Simplemente no dice por qué.


Ese silencio se vuelve todavía más llamativo cuando se piensa en el título elegido. La palabra "confieso" convoca de inmediato la tradición de Agustín de Hipona y de Rousseau, dos referencias que el podcast ya ha explorado en episodios anteriores. Una confesión, recuerdan los conductores, supone un llamado a cuentas: incluso cuando busca justificar actos vergonzosos —como el propio Rousseau explicando por qué entregó a sus hijos a instituciones estatales—, el género exige dar razones. Neruda toma prestado el nombre del género sin asumir su exigencia central: cuenta, pero no se llama a cuentas. El resultado, sugieren, es que muchos de sus recuerdos parecen no tanto falsos como incompletos, como si faltara siempre el último paso que los volviera un verdadero compromiso del narrador con lo narrado.


Ese vacío se repite en dos frentes muy distintos. El primero es el político: la conversión al comunismo, situada por Neruda al final de la Guerra Civil española, se narra como un giro tanto vital como poético —el abandono deliberado del subjetivismo anterior en favor de un sujeto colectivo, el pueblo como protagonista— pero nunca como una decisión razonada. El segundo frente, quizás más sorprendente, es el personal: pese a haberse casado tres veces y haber sostenido convivencias de años con cada una de sus esposas, el libro apenas roza esas relaciones. A Matilde Urrutia, su última esposa, le dedica poco más de media página, remitiendo al lector a los Cien sonetos de amor como si ahí ya estuviera dicho todo lo que había que decir. Para los conductores, esa parquedad no es necesariamente reprochable —puede leerse como coherente con la naturaleza del libro, que no pretende ser confesional en el sentido más estricto—, pero sí resulta insuficiente para quien busca comprender al hombre detrás del mito.

La poesía como arma y la sospecha de la sinceridad

Uno de los tramos más ricos de la conversación gira en torno al poder que Neruda atribuye a su propia poesía. A lo largo del libro, señalan los conductores, el poeta insiste una y otra vez en la misma idea: su poesía le dio voz, representación, incluso un arma, al pueblo. Los conductores no niegan esa fuerza —la reivindican, de hecho, apelando al ejemplo de la Guerra Civil española, donde la poesía de Lorca, Miguel Hernández y otros poetas de la generación del 27 fue, literalmente, parte de la lucha— pero sí desconfían de la manera en que Neruda lo enuncia: como un postulado político dado por sentado más que como una experiencia efectivamente narrada y sopesada.


Esa sospecha se agudiza cuando el relato llega a los años en que Neruda es senador, representando a los mineros del cobre y de la sal del desierto de Atacama, muy lejos geográfica y culturalmente de su sur natal. Ahí, dicen los conductores, "le sale el alma" al fin: hay una emoción genuina en el relato de las casas que lo acogen, las comidas compartidas, las manos estrechadas. Pero, casi de inmediato, el lenguaje se desliza hacia el vocabulario de la lucha sindical y la ideología, y uno de los conductores confiesa que ese registro, viniendo de un poeta tan elocuente, "no se le hace tan poético". No se trata de dudar de la importancia histórica de esa lucha —ambos coinciden en que era, en ese momento, el tema ineludible de la poesía chilena—, sino de notar una fricción entre la sinceridad emocional del relato y la retórica ideológica en la que termina disolviéndose.


Esa misma lógica de las omisiones deliberadas reaparece cuando el libro guarda silencio sobre la formación del propio Neruda como poeta: apenas hay referencias a su educación, y no hay explicación alguna de cómo un niño del sur lluvioso se convirtió en uno de los grandes poetas de la lengua. Es, dicen los conductores, como si hubiera nacido poeta ya hecho. La comparación con García Márquez vuelve a resultar productiva: si Gabo se construye a sí mismo como el hombre afortunado y querido, a quien todas las puertas se le abren pese a sus propios esfuerzos por ser un desastre, Neruda parece construirse como el genio nato, exento de proceso y de aprendizaje. En ambos casos, sugieren los conductores, la omisión no es inocente: revela, tanto como lo que sí se cuenta, una imagen de sí mismo que el autor prefiere proteger.

Un contrapunto luminoso: el discurso al alimón

En medio de este ejercicio de sospecha razonada, la conversación se detiene con genuino cariño en uno de los episodios más hermosos del libro: el encuentro de Neruda con Federico García Lorca en Buenos Aires, cuando ambos —premiados por el Club de Escritores— deciden improvisar juntos un discurso "al alimón" en honor a Rubén Darío, según la expresión taurina que designa a dos toreros toreando con el mismo capote. Neruda transcribe el discurso completo en sus memorias, un gesto que los conductores leen como significativo en sí mismo: de todas las cosas que hizo en la vida, esta es, a juzgar por el espacio que le dedica, una de las que más le importaron. Es, dicen, una pieza creativa, rotunda, sincera y llena de humor por ambos lados —un contraste notable con el hombre que, páginas más adelante, se muestra susceptible por no ser atendido a tiempo en un restaurante.

Un espécimen más de una serie incómoda

Vale la pena detenerse, antes de cerrar, en el lugar que este episodio ocupa dentro del conjunto del podcast. Los conductores han ido construyendo, temporada tras temporada, una suerte de taxonomía involuntaria de vidas ejemplares e inquietantes a la vez: los intelectuales latinoamericanos de gesto viril, las filósofas cuya obra fue durante siglos invisibilizada, los personajes de la Inglaterra victoriana y eduardiana, los filósofos del siglo XX. Neruda entra sin esfuerzo en la primera de esas categorías, junto a otros nombres ya visitados en el programa, y el episodio funciona también como una reflexión implícita sobre qué tienen en común esas figuras: una elocuencia extraordinaria puesta al servicio, casi siempre, de una imagen de sí mismas cuidadosamente editada. Lo que distingue a Neruda dentro de esa serie no es la vanidad —que comparte con casi todos— sino la combinación particular de sinceridad emocional en ciertos pasajes y opacidad casi total en otros, como si el mismo hombre capaz de escribir con desnudez sobre su infancia se volviera, páginas después, incapaz de decir una sola palabra honesta sobre por qué eligió el partido que eligió o por qué guardó silencio ante Stalin.

Escuchar el episodio

El episodio no ofrece una conclusión unívoca sobre Neruda ni pretende zanjar la tensión entre el genio poético y las incomodidades del hombre que se retrata a sí mismo. Su interés está, más bien, en sostener esa tensión con honestidad: reconocer la belleza de ciertos pasajes —la infancia, el idioma heredado, el discurso con Lorca— sin dejar de señalar los silencios que atraviesan el resto del libro, sobre todo cuando se trata de dar cuenta de las propias decisiones, políticas o personales. Una conversación recomendable tanto para quien ya conoce Confieso que he vivido como para quien solo ha leído los poemas y quiere entender mejor al hombre que los escribió, con todas sus luces y sus zonas de sombra.


Créditos:

Conducción:

Juan Fernando Mejía Mosquera y Ernesto Priani Saiso

Producción: Ignacio Bazán Estrada

Música original: Daniel Villegas Vélez 

Identidad Visual: Ana Maria Noguera Díaz Granados

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